jueves, 18 de marzo de 2010

Cultura Chancay - Escenario



La milenaria Cultura Chancay alcanzó su máximo apogeo hace 1000 años, en el Periodo Intermedio Tardío. Este grupo se estableció a 90 km al norte de Lima entre los valles de Huaura y Chillón, en la costa central del Perú.

En el territorio de la cultura Chancay se han encontrado extensos cementerios con fardos funerarios conteniendo momias con múltiples ofrendas como tejidos, ceramios, alimentos, tallas en madera, telares, muestrarios, estandartes de linaje y otros objetos perfectamente conservados por el clima seco del lugar.

El espacio geográfico donde se establecieron los antiguos chancay, fue óptimo para el desarrollo de su economía. El mar fue generoso con ellos, siendo una de sus principales fuentes de sustento, permitiéndoles un buen desarrollo en la pesca. En agricultura, supieron aprovechar la presencia de los ríos irrigando sus campos de cultivo, y fertilizándolos con guano de las islas. Otra de sus riquezas naturales fueron las hoy conocidas Salinas de Huacho, que les permitió obtener sal yodada para intercambiarla con otros pueblos.

El desarrollo social, económico e ideológico que alcanzó la Cultura Chancay se plasmó en sus representaciones artísticas: por ejemplo, en cerámica en sus famosos "cuchimilcos" y en textilería con sus telas pintadas y las magistrales gasas de algodón.

La textilería Chancay alcanzó niveles de excelencia luego de un largo proceso de evolución, encontrándose evidencias muy antiguas en los sitios de Río Seco y Bandurria.


Recursos naturales como la cabuya, totora y caña brava, obtenidos de las orillas de las albuferas y humedales, escenarios típicos de la costa, sirvieron para confeccionar costureros, esteras, sogas y soguillas, para múltiples usos.

Los textileros Chancay tambien usaron fibras de origen animal como son las de alpaca, llama y guanaco. Estas fibras fueron teñidas y usadas en la urdimbre y trama para la confección de vestimentas y ajuares funerarios.

Cuatro son los tejidos que caracterizan a la cultura Chancay:
1) Objetos decorativos tridimensionales con representaciones de viviendas y árboles. 2) Muñecas con caras tejidas. 3) Gasas de algodón de forma cuadrada, con diseños frontales, representando animales como zorros, felinos, pelícanos, guanayes, piqueros, zarcillos y peces. 4) Telas pintadas con personajes antropomorfos y otros seres o motivos, donde el artista da expresa libremente su creatividad.

El alto grado de especialización y excelencia de la textilería Chancay se manifiesta en los objetos encontrados dentro de sus fardos funerarios, y estos son: costureros, agujas, husos, telares, muestrarios, pigmentos para teñir y pintar, hilos de diferentes grosores y colores, por ello se considera a esta cultura como uno de los centros textiles más desarrollados y productivos del antiguo Perú.

Gracias al buen estado de conservación de los textiles Chancay, hoy día nos es posible entender a cabalidad el compromiso que esta cultura tuvo con su entorno ecológico.
(Museo de Antropología, Arqueología e Historia del Perú)

miércoles, 10 de marzo de 2010

Las grandes culturas americanas


Los Mayas y Aztecas en América Central y los Incas en América del Sur constituyen las culturas que tuvieron un gran desarrollo en América hasta la llegada de los españoles.


jueves, 25 de febrero de 2010

Hallazgos en Perú prueban que milenaria leyenda es historia real



Los vestigios de una cultura previa a los incas, la Lambayeque (o de Sicán), están saliendo a la luz tras cuatro años de excavaciones en el complejo Chornancap, cerca de la ciudad de Chiclayo, en el norte costero de Perú.

Siguiendo la pista de unas pinturas desenterradas en 1983 por el investigador Christopher Donnan, un equipo dirigido por el arquéologo Carlos Wester La Torre logró encontrar bajo 25 metros de arena el templo sagrado de Naylamp.

"Aún no estamos seguros si perteneció exactamente a él o a alguno de sus descendientes, pero sí podemos decir que perteneció a un líder, donde se hacían ceremoniales. Había un calendario ceremonial vinculado al mar, la luna y probablemente a sacrificios humanos", explica Wester al teléfono desde Lambayeque, donde dirige el Museo Arqueológico Brüning.

Mito y realidad

Lo importante del hallazgo es que entrega pruebas reales de la existencia de Naylamp, un soberano de características míticas, cuya historia se hizo conocida durante mil años sólo gracias a la tradición oral.

"Necesitamos encontrar argumentos arqueológicos para validar la tradición oral y cada vez tenemos más indicios. Los elementos de la leyenda aparecen en los edificios que hemos encontrado", sigue Wester.

¿Quién es Naylamp? Dice la leyenda que él venía navegando y eligió estas costas para levantar su imperio en esta zona. Su fama es la de un líder político y religioso de características algo sobrenaturales y trajo prosperidad al lugar. La cultura Lambayeque es del siglo VIII d.C., siguió a la civilización Moche y es reconocida por las habilidades de sus ingenieros en regadíos.

Naylamp se convirtió en leyenda una vez que dejó el lugar, supuestamente volando. Su entorno, consternado por su desaparición, explicó su ausencia de esta forma y si lo sepultó en alguna parte, esa tumba no ha sido encontrada aún.

"No hay un cuerpo, pero lo que sí hay es una imagen grabada y presentada en metales, en tejidos. Es una deidad como Jesucristo. Es un hombre que tiene una autoridad religiosa y política sobre un área geográfica determinada", prosigue Wester.

Un antiguo cuchillo ceremonial conocido como Tumi, que hoy es pieza de un museo, muestra a un personaje que sería Naylamp. La figura tiene a un hombre con alas, que sostiene un cuchillo asociado al poder y a los rituales de sacrificio y está sentado en un trono muy parecido al que acaban de descubrir en Chornancap. Además, sobre su cabeza se representa la ola que lo trajo a estas tierras.

Sin corazón

Aunque la búsqueda llevaba cuatro años, en los últimos meses de 2009 fue que hicieron el descubrimiento más importante: el templo. Para llegar ahí tuvieron que remover las dunas que cubrían una zona de 250 metros cuadrados y lo hicieron con herramientas pequeñas para no afectar el entorno.

Además de los edificios, encontraron pinturas murales que representaban las ceremonias que se hacían ahí. "Ahora que reiniciamos los trabajos en febrero, hemos tenido suerte, pues hemos visto un fragmento de unos 20 centímetros de una pintura que podría corresponder a un mural de unos 15 metros de ancho", detalla el arqueólogo.

Dentro del complejo también fueron encontrados los cuerpos de 33 personas que, de acuerdo a los primeros análisis, fueron sacrificadas, pues tienen cortes en el cuello y en las clavículas. "Ahora hemos podido documentar el final de estos sacrificios, pues en tres de estos entierros aparece que la T pulmonar ha sido cortada para extraer el corazón".

Mientras las investigaciones siguen su curso, National Geographic está estudiando la posibilidad de hacer un documental con todo este material, para recrear el estilo de vida de esta cultura. (Gabriela Bade - El Mercurio – Chile)




domingo, 21 de febrero de 2010

El arte de mecer – escribe Mario Vargas llosa


Esta mañana, a la hora del almuerzo, escuché a mi hija Morgana contar los cuentos que les cuenta, a ella y a Stefan, su marido, la compañía de Cable Mágico para justificar su demora en instalarles el sistema de televisión por cable. Les juran que irán esta tarde, mañana, mañana en la tarde, y nunca van. Hartos de tanto cuento, han decidido pasarse a la competencia, Direct TV, a ver si es más puntual.

Lo ocurrido a Stefan y Morgana me ha tenido varias horas recordando la maravillosa historia de "Ventilaciones Rodríguez S.A." que viví y padecí cerca de 12 meses, aquí en Lima, hace la broma de 30 años. Nos habíamos comprado una casa en el rincón de la ciudad que queríamos, frente al mar de Barranco, y un arquitecto amigo, Cartucho Miró Quesada, me había diseñado en toda la segunda planta el estudio de mis sueños: estantes para libros, un escritorio larguísimo de tablero muy grueso, una escuadra de sillones para conversar con los amigos, y una chimenea junto a la cual habría un confortable muy cómodo y una buena lámpara para leer.

Las circunstancias harían que la pieza más memorable del estudio fuera, con el tiempo y por imprevistas razones, la chimenea. Era de metal, aérea y cilíndrica y Cartucho la había diseñado él mismo, como una escultura. ¿Quién la fabricaría? Alguien, tal vez el mismo Cartucho, me recomendó a esa indescriptible empresa de apelativo refrigerado: "Ventilaciones Rodríguez S.A.". Recuerdo perfectamente aquella tarde, a la hora del crepúsculo, en que su propietario y gerente, el ingeniero Rodríguez, compareció en mi todavía inexistente estudio para firmar el contrato. Era joven, enérgico, hablador, ferozmente simpático. Escuchó las explicaciones del arquitecto, auscultó los planos con ojos zahoríes, comentó dos o tres detalles con la seguridad del experto y sentenció: "La chimenea estará lista en dos semanas".

Le explicamos que no debía apurarse tanto. El estudio sólo estaría terminado dentro de mes y medio. "Ése es su problema", declaró, con un desplante taurino. "Yo la tendré lista en quince días. Ustedes podrán recogerla cuando quieran".

Partió como una exhalación y nunca más lo volví a ver, hasta ahora. Pero juro que su nombre y su fantasma fueron la presencia más constante y recurrente en todos los meses sucesivos a aquel único encuentro, mientras el estudio se acababa de construir y se llenaba de libros, papeles, discos, máquinas de escribir, cuadros, muebles, alfombras, y el hueco del techo seguía allí, mostrando el grisáceo cielo de Lima y esperando a la chimenea que nunca llegaba.

Mis contactos con "Ventilaciones Rodríguez S.A." fueron intensos, pero sólo telefónicos. En algún momento yo llegué a contraer una pasión enfermiza por la secretaria del ingeniero Rodríguez, a quien tampoco nunca vi la cara ni conocí su nombre. Pero recuerdo su voz, sus zalamerías, sus pausas, sus inflexiones, su teatro cotidiano, como si la hubiera llamado hace media hora. Hablar con ella cada mañana, los cinco días hábiles de la semana, se convirtió en un rito irrompible de mi vida, como leer los periódicos, tomar desayuno y ducharme.

"¿Qué cuento me va usted a contar hoy día, señorita?", la saludaba yo.

Ella nunca se enojaba. Tenía la misma irresistible simpatía de su jefe y, risueña y amable, se interesaba por mi salud y mi familia antes de desmoralizarme con el pretexto del día. Confieso que yo esperaba ese instante con verdadera fascinación. Jamás se repetía, tenía un repertorio infinito de explicaciones para justificar lo injustificable: que pasaban las semanas, los meses, los trimestres y la maldita chimenea nunca llegaba a mi casa. Ocurrían cosas banales, como que el señor de la fundición caía presa de una gripe con fiebres elevadas, o verdaderas catástrofes como incendios o fallecimientos. Todo valía. Un día, que yo había perdido la paciencia y vociferaba en el teléfono como un energúmeno, la versátil secretaria me desarmó de esta manera:

"Ay, señor Vargas Llosa, usted riñéndome y amargándose la vida y yo desde aquí estoy viendo el cielo, le digo".

"¿Cómo que viendo el cielo? ¿Qué quiere usted decir?".

"Que se nos ha caído el techo, le juro. Anoche, cuando no había nadie. Pero no es ese accidente lo que me da más pena, sino haber quedado mal con usted. Mañana le llevamos su chimenea sin falta, palabra".

Un día tuvo la extraordinaria sangre fría de asegurarme lo siguiente:

"Ay, señor Vargas Llosa, usted haciéndose tan mala sangre y yo viendo desde aquí su chimenea linda, nuevecita, partiendo en el camión que se la lleva a su casa".

Mentía tan maravillosamente bien, con tanto aplomo y dulzura, que era imposible no creerle. Al día siguiente, cuando la llamé para decirle que no era posible que el camión que me traía la chimenea se demorara más de veinticuatro horas en llegar de la Avenida Colonial de Lima hasta Barranco (no más de 10 kilómetros) se sobrepasó a sí misma, asegurándome en el acto, con acento afligido y casi lloroso:

"Ay, usted no se imagina la desgracia terrible que ocurrió: el camión con su chimenea chocó y ahora el chofer está con conmoción cerebral en el Hospital Obrero. Felizmente, su chimenea no tuvo ni un rasguño".

La historia duró más de un año. Cuando la chimenea llegó por fin a la casa de Barranco ya casi nos habíamos acostumbrado al hueco del techo por el que, un día, una paloma distraída se extravió y aterrizó en mi escritorio. Lo más divertido -o trágico- del final de este episodio fue que a la chimenea bendita sólo pudimos usarla una sola vez. Con resultados desastrosos: el estudio se llenó de humo, todo se ensució y yo tuve un comienzo de asfixia. Nunca más intentamos encenderla.

Aquella secretaria mitológica de "Ventilaciones Rodríguez S.A." era una cultora soberbia de una práctica tan extendida en el Perú que es poco menos que un deporte nacional: el arte de mecer. "Mecer" es un peruanismo que quiere decir mantener largo tiempo a una persona en la indefinición y en el engaño, pero no de una manera cruda o burda, sino amable y hasta afectuosa, adormeciéndola, sumiéndola en una vaga confusión, dorándole la píldora, contándole el cuento, mareándola y aturdiéndola de tal manera que se crea que sí, aunque sea no, de manera que por cansancio termine por abandonar y desistir de lo que reclama o pretende conseguir. La víctima, si ha sido "mecida" con talento, pese a darse cuenta en un momento dado que le han metido el dedo a la boca, no se enoja, termina por resignarse a su derrota y queda hasta contenta, reconociendo y admirando incluso el buen trabajo que han hecho con ella. "Mecer" es un quehacer difícil, que requiere talento histriónico, parla suasoria, gracia, desfachatez, simpatía y sólo una pizca de cinismo.

Detrás del "meceo" hay, por supuesto, informalidad y una tabla de valores trastocada. Pero, también, una filosofía frívola, que considera la vida como una representación en la que la verdad y la mentira son relativas y canjeables, en función, no de la correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre las palabras y las cosas, sino de la capacidad de persuasión del que "mece" frente a quien es "mecido". En última instancia, la vida, para esta manera de actuar y esta moral, es teatro puro. El resultado práctico de vivir "meciendo" o siendo "mecido" es que todo se demora, anda mal, nada funciona y reina por doquier la confusión y la frustración. Pero ésa es una consideración mezquinamente pragmática del arte de mecer. La generosa y artística es que, gracias al meceo, la vida es pura diversión, farsa, astracanada, juego, mojiganga.

Si los peruanos invirtieran toda la fantasía y la destreza que ponen en "mecerse" unos a otros, en hacer bien las cosas y cumplir con sus compromisos, éste sería el país más desarrollado del mundo. ¡Pero qué aburrido!
(El País – España)

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