jueves, 13 de junio de 2019

Virreinato del Perú: Diego Morcillo Rubio de Auñón de Robledo - XXVII Virrey del Perú

Diego Morcillo Rubio de Auñón de Robledo - XXVII Virrey del Perú

Diego Morcillo Rubio de Auñón de Robledo, O.SS.T. (Villarrobledo, Reino de Toledo, 3 de enero de 1642 - Lima, Virreinato del Perú, 12 de marzo de 1730), fue el XXVII Virrey del Perú.

Era un religioso trinitario español que fue asignado como obispo de León en Nicaragua de 1701 a 1708 y de La Paz de 1708 hasta 1714. 

Luego fue nombrado como arzobispo de La Plata en Charcas desde 1714 a 1723. 

Además fue asignado como gobernador interino del Perú en el año 1716 y finalmente fue nombrado como virrey desde 1720 hasta 1724.

También fue arzobispo de Lima desde 1723 hasta su fallecimiento en 1730. 

Nació el 3 de enero de 1642 en Villarrobledo, del Reino de Toledo, siendo hijo de Alfonso Morcillo Rubio de Auñón y María Manzano. 

A temprana edad ingresó en la Orden de los Trinitarios Descalzos de la ciudad de Toledo. 

Realizó estudios de Filosofía y Teología en la Universidad de Alcalá, llegando a ocupar el puesto de profesor. 

La fama sobre su gran cultura y aguda inteligencia fue creciendo hasta llegar a oídos del rey. 

Mientras impartía clases en Alcalá, el rey Carlos II lo nombró predicador de la Cámara Real y teológo de la Real Junta de la Concepción. Así mismo consiguió el puesto de calificador dentro del Consejo Supremo de la Inquisición y el de teólogo consultor del Nuncio de Su Santidad en Madrid. 

Su imparable avance dentro de la jerarquía eclesiástica y política, le llevó a asumir importantes cargos en el Nuevo Mundo. Así, el 21 de noviembre de 1701 fue nombrado obispo de León (en Nicaragua), pero antes de tomar posesión y habiéndose ya puesto en camino hacia aquella diócesis, fue nombrado sobre el 14 de mayo de 1708 obispo de La Paz (Charcas). 

Más tarde sería designado como arzobispo de La Plata (en Charcas) el 21 de marzo de 1714.

En 1716, durante su arzobispado de La Plata en Charcas, fue seleccionado por el rey Felipe V para asumir el título de virrey de Perú de manera interina. 

El 15 de agosto entró en Lima substituyendo a Mateo de la Mata Ponce de León, presidente de la Audiencia. Mata también había estado ocupando el cargo de manera interina, desde el retiro de Don Diego Ladrón de Guevara el 2 de marzo de 1716. 

Morcillo ocupó este puesto hasta el 5 de octubre, cuando el cargo fue asumido por Carmine Nicolás Caracciolo, Príncipe de Santo Buono y sucesor oficial de Ladrón de Guevara. 

Don Diego Morcillo retornó a sus deberes eclesiásticos como arzobispo de La Plata, sin haber tomado decisiones de importancia en su virreinato interino, más allá de las propias que garantizaran su continuidad y estabilidad. 

Al final del mandato de Caracciolo, Morcillo recibió de nuevo el encargó del Rey de ocupar la sede vacante, esta vez como titular. 

Entró solemnemente en Lima y ocupó el cargo el 26 de enero de 1720; el Cabildo metropolitano le ofreció una misa de acción de gracias en la Catedral (3 de febrero de 1720), durante el cual pronunció un sermón laudatorio el canónigo Vicente Ortiz de Foronda; y Pedro de Peralta Barnuevo pronunció un discurso en su elogio durante el recibimiento que le tributó la Universidad de San Marcos. 

Sus biógrafos destacan a Morcillo como un inteligente administrador. Entre sus logros consta que, bajo su mandato, se registró un gran aumento de los ingresos reales. En ese sentido, en 1722 consiguió que llegara a Cádiz la fragata Águila Volante de D. Nicolás Giraldino con una importante carga de plata y otras riquezas. 

En el aspecto de la defensa, entre 1720 y 1721 combatió a los piratas ingleses John Clipperton y George Shelvocke, quienes, entrando por el estrecho de Magallanes, asolaron las costas del Mar del Sur, es decir, el litoral chileno y peruano, en el marco de la guerra entre Inglaterra y España. Clipperton apresó el galeón en el que venía de Panamá su viejo enemigo José Antonio de la Rocha y Carranza (Marqués de Villa-Rocha) con su familia. En Nicoya (Costa Rica) dejó libre a la esposa del marqués, y regresó a las costas peruanas, donde bombardeó Arica en febrero de 1721, antes de retirarse rumbo a Oceanía, llegando hasta las islas Marianas donde logró fugar el marqués. Cerca de las islas Filipinas Clipperton fue reducido por navíos españoles y se presume que terminó ahorcado. 

Por su parte, George Shelvocke saqueó Chiloé, capturó naves mercantes en Concepción, incendió el puerto de Paita el 21 de marzo de 1720 al negarse su población a pagar rescate, y luego de una serie de peripecias propias de un relato novelesco, prosiguió su viaje hacia Panamá y California sin que los tres Navíos de Guerra Españoles enviados por el Virrey, al mando del General Bartolomé de Urdinso, lograran capturarle. 

Finalmente, hubo otra incursión, la del corsario holandés Jacobo Roggeween por el estrecho de Magallanes, que concluyó con el descubrimiento de la isla de Pascua el 6 de abril de 1722. 

En el gobierno económico, conminó a los oficiales reales de Huancavelica a adquirir el azogue a un precio más favorable para la Tesorería Real. La superintendencia de minas registró un importante superávit que se invirtió en el arreglo de las cureñas del puerto del Callao y en la reparación del puente de Pilcomayo que comunicaba las ciudades de La Plata y Potosí. 

Por bando del 11 de marzo de 1720 el virrey prohibió el comercio ilícito por las costas peruanas y comunicó en 1722 al Consejo de Indias la captura de diez bajeles franceses cargados de mercadería europea. 

En cuanto al orden interno, este gobernante tuvo que enfrentar en 1723 el alzamiento de la nación araucana o mapuche en Chile la que condujo al abandono de los fuertes de Concepción, Purén y Nacimiento. Por Real Cédula del 30 de diciembre de 1724 el virrey ordenó que el número de hombres en armas en Chile se elevara a dos mil y que los mismos procedieran a imponer el orden. 

En el terreno social, correspondió a este gobierno aplicar la Real Orden de 1720 que suprimió el régimen de la encomienda, lo que liberó a los indios de este sistema de explotación, aunque algunas encomiendas persistieron hasta la segunda mitad del siglo XVIII.

Enmateria religiosa, elevó a categoría de monasterio al beaterio de las mercedarias, e impulsó la construcción del Convento de las monjas trinitarias en Lima, cuya inauguración presidió el 30 de mayo de 1722. En 1724 quedó instalado el monasterio del Carmen en Trujillo y los franciscanos erigieron el colegio y convento de Santa Rosa de Ocopa en la región del Ucayali. 

Durante su mandato se deben mencionar ocurrió la desaparición de Saña, próspera villa del norte peruano que sucumbió por una inundación provocada por torrenciales lluvias (15 de marzo de 1720). 

Se suprimió en 1722 eel Virreinato de Nueva Granada (creado en 1717) reincorporándose el territorio de su jurisdicción al Perú.

En 1723 se celebraron en Lima con pomposas fiestas el matrimonio del Príncipe de Asturias, después Rey bajo el nombre de Luis I de España, con la princesa Luisa de Orleáns, que se había celebrado el año anterior. 

Tras la muerte del arzobispo titular de Lima, Antonio de Soloaga, fue nombrado para sucederle en dicho cargo el 12 de mayo de 1723. Tomó posesión de su sede el día 18 de diciembre, y en atención a su ardua y fatigosa labor como Virrey, tuvo que delegar parte de su responsabilidad en el máximo puesto religioso a su sobrino Pedro Morcillo Rubio de Auñón, a quien nombró obispo auxiliar de Lima. 

Finalmente fue relevado del gobierno virreinal; y a poco de haberlo entregado al Marqués de Castelfuerte, se efectuó la ceremonia oficial de su entronización en el arzobispado el 17 de julio de 1724. 

Desde ese momento pasó a dedicarse exclusivamente de su labor eclesial hasta sus últimos días. 

Durante su trabajo en la iglesia el papa Benedicto XIII elevó a los altares a Toribio de Mogrovejo y Francisco Solano, dos de los santos más importantes de Perú. Igualmente, franqueó los archivos de la Iglesia peruana al licenciado Alonso de la Cueva Ponce de León, para que escribiera la historia de su organización y sus varones ilustres. 

Vivió austeramente y se destacó por su prodigalidad en la distribución de limosnas; Morcillo descolló como benefactor de su Orden y su ciudad natal, donando a ambas importantes sumas de su propio peculio. Destinó 200.000 pesos para erigir en Roma el convento y la iglesia de la Santísima Trinidad de los Españoles, a fin de que allí acudiesen los sacerdotes trinitarios durante sus visitas a la Ciudad Santa. A su mecenazgo se deben importantes donaciones en metálico para construir iglesias y conventos de trinitarios calzados, tanto en Perú como en Castilla-Toledo, Alcalá o su propio pueblo de Villarrobledo donde fundó un convento de carmelitas. En la parroquia de esta última localidad se conserva el ostensorio que envió desde Nicaragua en el año 1708. Hay otra pieza en el convento de Villarrobledo enviada por su sobrino Pedro Morcillo Rubio de Auñón. 

El arzobispo Morcillo falleció en su sede de Lima el 11 de marzo de 1730, a la edad de 88 años, y fue sepultado en la cripta de la Catedral de Lima. Algunos lustros más tarde, sus restos fueron reubicados en la capilla que lleva su nombre en el mismo templo. 

De esta ilustre personalidad, el historiador Rubén Vargas Ugarte ha dicho lo siguiente: 


 “Fue D. Fray Morcillo ejemplar religioso en los años en que vivió en los claustros y en el ejercicio de la dignidad episcopal procedió con suavidad y prudencia, sin dar motivo a quejas por parte de sus subordinados. Ya entrado en años, fue llamado a desempeñar el cargo de Virrey, que no era el más adaptado a su carácter y circunstancias, pero no puede decirse que descuidara en él sus deberes e incurriese en desaciertos. Breve fue el tiempo de su gobierno y, vistas todas las cosa, más derecho tiene la encomio que al vituperio”. (Datos: Wikipedia y otras fuentes)



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