miércoles, 21 de febrero de 2018

La Ruta de los Japoneses que Llegaron Antes que Todos a América


Hace miles de años, un puñado de navegantes japoneses recaló en una aldea de pescadores en Real Alto (Ecuador). 

Ahí dejaron su legado: vasijas, extrañas muñecas de cerámica y las Venus de Valdivia, símbolos del poder primitivo de la mujer. 

El sitio arqueológico Real Alto, cuya extensión es de doce hectáreas, fue descubierto en 1971 por Jorge G. Marcos y excavado inicialmente por Donald Lathrap, de la Universidad de Illinois –Estados Unidos–. 

Las investigaciones revelaron que allí había existido una de las primeras aldeas con agricultura y cerámica del continente americano –4400-1700 a. de C.– la que se convirtió, con el paso del tiempo, en un importante centro ceremonial. 


¿Cómo sobrevivieron, a lo largo de casi 2.400 años, aquellos pueblos de la civilización Valdivia? Es posible que para ello fuera definitivo disponer de 150 pozos subterráneos para regar el sembradío o calmar la sed de los 1.500 habitantes de la villa prehispánica. Valdivia dejó un importante legado cultural. 

Para el arqueólogo Jonathan Damp, la civilización peruana de Chavín de Huantar es, en cierto modo, descendiente de ésta. 

Además de identificar símbolos de serpientes, en ambas predominan felinos grabados en tazas de cerámica. 

Emilio Estrada Icaza, el primero en identificar la cultura Valdivia a mediados de la década de los cincuenta del pasado siglo, ya la asoció con los antiguos pueblos japoneses. 

Este arqueólogo aficionado –trágicamente fallecido a los 46 años, víctima de un infarto en mitad de un partido de fútbol en Guayaquil–, escribió en 1962 Arqueología de Manabí Central, obra en la que recuerda cómo Thor Heyerdahl aseguró que se podía navegar por el Pacífico con embarcaciones primitivas aprovechando las corrientes marítimas:

“Nosotros sustentamos la teoría de un viaje involuntario, que accidentalmente pudo haber forzado a una embarcación cualquiera a seguir la corriente del Japón, que llega al sur de California, paralela a Centroamérica, que se une con aquella que desciende de Panamá y desembarca en las costas de Ecuador”. 

 Años después, en la década de los setenta, el matrimonio Betty Meggers y Clifford Evans descubrió un sorprendente paralelismo entre la cerámica encontrada junto al río Napo (Ecuador) –encuadrada en el periodo Jolón Medio, datado en el año 1600 a. de C.– y las piezas de la cultura Valdivia. 

Estos dos investigadores plantearon la posibilidad de que que un grupo de pescadores nipones se perdiera en pleno océano Pacífico y que viajaran, arrastrados por las corrientes marítimas, durante unos 300 días hasta recalar en las costas de Ecuador. 

Luchando contra el hambre y la sed a lo largo de más de 15.000 km, los supervivientes fueron recogidos por los nativos.

En aquella misma época, el lingüista brasileño Luis Caldas Tibiriçá publicó un libro titulado Notas y observaciones sobre una confrontación lingüística Japonés-Ameríndio, en el cual señalaba curiosas similitudes entre el idioma japonés y el tupi-guaraní de las tribus brasileñas. Para él, la ruta de penetración nipona en Sudamérica se produjo a través de la senda señalada por el río Napo. 

“Tras muchos años de trabajo encontré más de mil vocablos amerindios semejantes al japonés, entre ellos más de seiscientos del idioma tupí”

Así se expresó Tibiriçá en su residencia de Sao Paulo –Brasil–. “Lo que más me llamó la atención es que casi todos los nombres que designan seres mitológicos, en lengua tupí, proceden del japonés, como Macaxera, Rudá, Maní, Añangá, Tupana y otros”, prosigue relatando. 

Además, muchos vocablos del quechua de Perú y del caxinauá de los indios Pano de la Amazonía también están emparentados con el idioma nipón. Por ejemplo, los japoneses llaman al mar umi, mientras que los pueblos andinos de lengua quechua denominan a los canales de agua umu, mientras que utilizan el vocablo sakha para referirse a una montaña, que hace recordar a saka, que es como en japonés se denomina a aquello que está en cuesta o es escarpado. 

Tibiriçá también establece paralelismos entre las lámparas de aceite de cerámica descubiertas a orillas del río Amazonas, en Santarén –Pará, Brasil–, con las haniwa del período Yayoi que se encuentran en el museo de Tokio. 

Igualmente sorprende el parecido con las figuras humanas de cerámica de la isla de Marajó, en la desembocadura del río Amazonas, tanto por su postura como por atuendos, así como por la forma de los ojos y boca.

“Hay que decir que muchos pueblos americanos obedecen a la idea central de que existe una comunión que une los hombres a las fuerzas vivas de la naturaleza, como en el Xintoismo. 

En el Japón medieval, el culto de Amida habla de la búsqueda de una Tierra Pura, con idéntica connotación con la creencia de los indios guaranís de la “Tierra sin Mal” o Yvy maaeím”, compara el veterano lingüista. 

Este indigenista también observó que la famosa lucha japonesa, el sumo, tiene su equivalente en la huka-huka, lucha deportiva practicada por los indios del Xingú, en el Mato Grosso de Brasil, que consiste en demostrar la habilidad en derribar al adversario agarrándolo por una de las piernas. “Las reglas y posturas son idénticas”, refrenda Tibiriçá. 

Naylamp, Naymlap o Ñañlap es un personaje mitológico del Antiguo Perú. De acuerdo a relatos recogidos por cronistas españoles, provino del mar, trayendo la civilización a las tierras lambayecanas (norte del actual Perú), donde fundó un reino o señorío en el que se sucedieron varios reyes (cultura lambayeque).

La dinastía fundada por Naylamp gobernó los ricos valles de Lambayeque. Los reyes que gobernaron después de él fueron: Cium, Escuñain, Mascuy, Cuntipallec, Allascunti, Nofan nech, Mulumuslan, Llamecoll, Lanipat cum, Acunta y Fempallec. Doce en total, incluyendo a Naylamp.

Kotosh es un sitio arqueológico ubicado en el distrito, provincia y departamento de Huánuco, en el Perú. Se compone de una serie de edificios superpuestos con 6 periodos de ocupación continua.

El más famoso de sus recintos, expuesto actualmente al público, es el misterioso Templo de las Manos Cruzadas, llamado así por tener dos altorrelieves en barro en forma de sendos brazos cruzados, cuya antigüedad se remonta al 1.800 a.C. (fase Kotosh-Mito). 

Durante el virreinato, Kotosh fue conocida como una huaca prehispánica, siendo expoliada por los buscadores de tesoros. 

Hasta antes de ser redescubierta en la década de 1930 tenía la apariencia de un promontorio natural. En 1934 Javier Pulgar Vidal identificó en la zona fragmentos de cerámica preinca. Al año siguiente fue visitada por el célebre arqueólogo Julio César Tello quien lo consideró un yacimiento arqueológico de mucha importancia. Tello dedujo que la cerámica de Kotosh estaba emparentada con la alfarería chavín.

Tras la muerte de Tello, no hubo más investigaciones en la zona, hasta que en 1960 la Universidad de Tokio muy interesada en los restos encontrados en Kotosh, envió una expedición al mandó del profesor Seiichi Izumi, conformada también por el arqueólogo Toshinico Sono, el antropólogo Kazuo Terada y otros especialistas japoneses.

El equipo removió escombros en Kotosh, hasta encontrar los restos de una antiquísima construcción del precerámico, al que llamaron el Templo de las Manos Cruzadas, debido a que, en dos de sus paredes, en la parte inferior, descubrieron relieves de barro modelado en forma de brazos cruzados, de significado misterioso, aunque aparentemente de connotación religiosa. 

Tras un paréntesis, manteniendo vivo el gran interés de Japón en el tema, en 1963 retornó Izumi al Perú, trayendo consigo un equipo de especialistas mayor en número y calidad que el de 1960, el propósito esta vez era dilucidar definitivamente el misterio del Templo. 

Los arqueólogos desenterraron totalmente el templo de las Manos Cruzadas, confirmando que era del precerámico, al no hallarse vestigios de alfarería (hacia 1800 a. C.). Los restos de cerámica recién se hallan en la siguiente estructura superpuesta, llamada el Templo de los Nichitos. 

Manos Cruzadas - Kotosh

Misión Japonesa en Perú - En un descanso del Trabajo en Kotosh

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