lunes, 27 de junio de 2016

Pedro de la Gasca: Gran Vencedor de los Grupos Rebeldes Liderados por Gonzalo Pizarro y Eficiente Reorganizador de los Dominios Españoles en Sudamérica

Pedro de la Gasca

Pedro de la Gasca (Navarregadilla, Ávila, España, 1493 – Sigüenza, Guadalajara, España, 1567) fue un sacerdote, político, diplomático y militar español del siglo XVI. 

Fue Caballero de la Orden de Santiago y consejero del Tribunal del Santo Oficio. 

En 1546 es designado presidente de la Real Audiencia de Lima con la misión de debelar la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú. 

Cumplió a cabalidad su cometido, pasando a la historia con el apelativo de Pacificador. 

Hizo luego un importante ordenamiento general del Virreinato del Perú. 

Fue una persona honesta. 

Se le podría calificar como uno de los mejores gobernantes que tuvo Perú.

Sus padres fueron Juan Jiménez de Ávila y García, y María Gasca, ambos de familias hidalgas. realizó estudios en la Universidad de Salamanca. 

Muerto su padre hacia 1513, se encargó de su educación su tío, el licenciado Del Barco, quien lo presentó ante el Cardenal Cisneros para que estudiara en la Universidad de Alcalá de Henares. Allí recibió el grado de Maestro en Artes y Licenciado en Teología y entró como colegial en el Colegio Mayor de San Ildefonso de la misma universidad.

Entusiasmado por la política del emperador Carlos V, luchó en el bando real durante la Guerra de las Comunidades de Castilla. Acabada la guerra, su tío lo envió de nuevo a Salamanca (1522), donde gracias a su privilegiado intelecto y a su talento negociador logró destacar por encima del resto. 

En la universidad cursó Derecho Civil y Canónico; se graduó de Bachiller en ambos y fue elegido como rector en el curso de 1528-1529. Posteriormente tomó una beca en el prestigioso Colegio Mayor de San Bartolomé o Colegio Viejo (1531), donde se formaban los más importantes políticos de la España del Renacimiento. Allí se graduó de Licenciado en Cánones y fue designado rector de dicho Colegio en dos oportunidades. 

Concluidos sus estudios, recibió las sagradas órdenes, abrazando la carrera eclesiástica. 

Fue nombrado canónigo en el cabildo catedralicio de Salamanca y juez vicario en la diócesis de ese lugar. Su fama de hombre virtuoso y capaz llegó a conocimiento del político más importante de su tiempo, el cardenal Juan Tavera, arzobispo de Toledo y presidente del Consejo Real. Por influencia de este personaje, en 1537 pasó a ser juez vicario en Alcalá de Henares y juez residenciador del cabildo metropolitano de Toledo. 

En noviembre de 1540 obtuvo una plaza de oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, dejando de lado todos los cargos anteriores. 

Por esos tiempos llegaron a la corte las noticias desde el Virreinato del Perú, sobre el levantamiento de Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco Pizarro, el conquistador, que fuera asesinado por los Almagristas luego de la muerte de Diego de Almagro -socio de la conquista- por los pizarristas), que se había sublevado junto a otros encomenderos contra las Leyes Nuevas y el gobierno del primer virrey de Perú Blasco Núñez Vela. 


En 1542 la Corona española promulgó las Leyes Nuevas, ideadas por Bartolomé de las Casas en un esfuerzo por proteger a los indígenas de los abusos; dichas leyes establecían la supresión de las encomiendas y de todo trabajo forzado de los indios. Se creó también el Virreinato del Perú y la Real Audiencia de Lima. Fue elegido como primer virrey del Perú Blasco Núñez Vela.

Ante la disyuntiva de mandar al Perú a un letrado negociador o a un militar con experiencia, se decidió por la primera opción, y el escogido por el emperador Carlos V fue el licenciado Pedro de la Gasca. 

El 16 de febrero de 1546, La Gasca es nombrado Presidente de la Real Audiencia de Lima con amplias facultades en lo civil y en lo eclesiástico, y tres meses más tarde, el 26 de mayo, se embarcó en Sanlúcar de Barrameda, rumbo al Perú. 

Pasó por Santa Marta (en la costa atlántica de la actual Colombia) donde se enteró de la muerte del virrey Blasco Núñez Vela a manos de los rebeldes gonzalistas. 

Llegó a Nombre de Dios (costa atlántica del istmo de Panamá), el 27 de julio del mismo año, sin más bagaje que su breviario y sus cédulas en blanco. Sus únicas armas eran los plenos poderes que había recibido del emperador, para premiar y castigar. 

Ya en Panamá, asumió formalmente la Presidencia de la Audiencia, el 13 de agosto.

Su talento diplomático no tardó en mostrarse, al lograr la adhesión del general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes en recompensa fueron perdonados por su rebeldía, así como la promesa de obtener luego ricas encomiendas de indios. Se le adhirieron luego Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana, enviado del mismo Gonzalo Pizarro. 

Contactó también con el capitán realista Diego Centeno, quien salió de su escondite para presentar otro frente de guerra a Gonzalo Pizarro en el sur, aunque sería derrotado en la batalla de Huarina, el 20 de octubre de 1547. Pero esta victoria sería la última de Pizarro; sus mismos oficiales y soldados fueron paulatinamente abandonándole para sumarse al ejército realista encabezado por La Gasca. 

En abril de 1547 La Gasca partió de Panamá con una flota de dieciocho navíos, y tras dificultosa travesía, desembarcó en el puerto de Manta (actual costa de Ecuador). Prosiguió su ruta a lo largo de la costa hasta llegar a la desembocadura del río Santa (en el actual departamento de Ancash en Perú), y de allí se internó hacia la cordillera andina. Asentó su campamento primero en Jauja y después en Andahuaylas, acogiendo varios contingentes de soldados, muchos de los cuales eran desertores del bando gonzalista. 

La Gasca insistió en ofrecer la paz a Gonzalo Pizarro a cambio de su rendición, pero no recibió respuesta.

Con los refuerzos militares que recibió desde Guatemala, logró sumar 700 arcabuceros, 500 piqueros y 400 jinetes, todos bajo el mando del capitán Alonso de Alvarado. El esperado encuentro con las fuerzas de Gonzalo Pizarro se produjo en la pampa de Jaquijahuana, cerca del Cuzco, el 9 de abril de 1548. Pero no hubo batalla pues los gonzalistas se pasaron uno a uno al bando de La Gasca; entre los primeros desertores se encontraban el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega (padre del historiador) y el oidor Diego Vásquez de Cepeda. 

Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal y otros principales cabecillas rebeldes fueron capturados en el mismo campo y sometidos a proceso sumario. Cuarenta y ocho rebeldes fueron condenados a la pena de muerte, entre ellos Pizarro y Carvajal, y muchos otros recibieron como castigo azotes, destierro, trabajo en las galeras y confiscación de bienes. 

Se procedió luego al denominado Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), donde La Gasca distribuyó 1.300.000 pesos en rentas o encomiendas entre sus soldados, dejando a muchos descontentos, por no recibir nada o creer que se les daba muy poco. 

Luego, La Gasca se dedicó a realizar un reordenamiento general en la administración del Virreinato del Perú. 

Concibió la necesidad de formar una aristocracia de encomenderos que constituyeran el núcleo de la sociedad colonial, sustentada en la mano de obra indígena, pero bajo el control político y económico de la Corona, cuya preponderancia consideraba de suma importancia consolidar. 

En su período de gobierno de un año y medio (1548-1550) dictó varias medidas con el propósito de garantizar la solidez del poder central: La reorganización del manejo de la Hacienda pública, que fue su mayor preocupación, pues las guerras y perturbaciones políticas habían disminuido la recaudación de las rentas fiscales. Mandó distribuir nuevas marcas para la acuñación de metales en las casas de fundición de Charcas, Cuzco, Arequipa, Lima, Trujillo y Quito. Su interés primordial fue la recaudación de la mayor cantidad de metales preciosos para el fisco, y en esto se vio favorecido por el auge de las minas de plata de Potosí, descubiertas recientemente. En julio de 1549 llegó a Lima procedente de Charcas un fabuloso cargamento de 3.771 barras de plata. Solo se perdió una barra que cayó en el mar por descuido de un marinero. Dicha cantidad se incrementó con otras aportaciones provenientes de Arequipa, Cuzco y otras poblaciones, de modo que La Gasca podía llevar a España un cargamento valorado en más de un millón de pesos. 

El asentamiento de la administración judicial, se inició con la implantación del sistema de los corregimientos como primera instancia judicial, con jurisdicción en los distritos pertenecientes a cada una de las ciudades y con unos oficiales llamados corregidores, que en un primer momento fueron elegidos entre los vecinos de las mismas. Asimismo, el 29 de abril de 1549 se instaló definitivamente la Real Audiencia de Lima, máximo cuerpo administrativo-judicial del Virreinato, con los oidores Andrés de Cianca, Melchor Bravo de Saravia, Pedro Maldonado y Hernando de Santillán, nombrándose Fiscal al licenciado Juan Fernández. Como Presidente, La Gasca asistió a sus sesiones, aunque solo para velar por los intereses de la Corona.

Otras disposiciones y medidas que tomó La Gasca fueron las siguientes: Dio disposiciones a favor de la sufrida población indígena. Moderó los tributos, suprimió la esclavitud, prohibió los trabajos demasiado pesados, y obligó que toda labor fuera pagada con salario justo. 

Aunque no logró llevar a cabo muchos de sus planes en ese sentido, sugirió por escrito al virrey que venía en su reemplazo los proyectos que debería realizar. Señaló la necesidad de imponer tasas sobre los tributos que los indios comunes daban a sus curacas o caciques, de reducir o agrupar en pueblos a la población indígena, que por entonces vivía muy dispersa en todo el territorio, y señaló también la necesidad de que los yanaconas o sirvientes indios tuviesen un régimen laboral más estable. 

Promovió expediciones de conquista y de población en los confines del virreinato: Dio permiso para que partieran expediciones de conquista o “entradas” a zonas todavía inexploradas en la región selvática del norte peruano colindante con Quito, como la dirigida por Diego de Palomino a la región de Chuquimayo (río Mayo-Chinchipe), que fundó Jaén de Bracamoros (1549); la de Hernando de Benavente a Macas; la de Alonso de Mercadillo al valle de Yaquiraca donde fundó Zamora de los Alcaides. 

Otras expediciones fueron encomendadas a Pedro de Valdivia y Juan Núñez de Prado con rumbo a Chile y Tucumán, respectivamente. 

Hizo regresar al capitán Ñuflo de Chaves que venía del Paraguay hacia el Perú, enviado por Irala; y asignó la jornada del Paraguay a Diego Centeno, que se frustró. Se fundaron nuevas ciudades como Nuestra Señora de la Paz en el Alto Perú, por Alonso de Mendoza (20 de octubre de 1548). 

Fomentó la utilización del camino del río de La Plata hacia el Perú, al considerarlo como una eficaz alternativa frente a las dificultades que ofrecía la ruta a través del istmo de Panamá. Entre otras resoluciones cabe mencionar sus ordenanzas sobre el laboreo de minas, la captura y reducción de esclavos cimarrones, la visita y despacho de navíos en el puerto de Lima. 

El 27 de enero de 1550, considerando cumplida su labor, emprendió el retorno a España, llevando para el Rey un extraordinario cargamento de casi dos millones de escudos en metales preciosos. Dejó el gobierno en manos de la Audiencia de Lima presidida por Andrés de Cianca. En el istmo de Panamá sofocó la rebelión que los hermanos Hernando y Pedro Contreras habían promovido en la provincia de Castilla del Oro o Tierra Firme, de cuyo gobierno se habían apoderado violentamente con el plan de desposeer a España del Perú, rehacer el imperio incaico y ceñirse su corona. 

La Gasca continuó su viaje a España, arribando a Sevilla en septiembre del año 1550.  

En reconocimiento a sus brillantes servicios, Pedro de la Gasca fue premiado con la dignidad de Obispo. Primero recibió por auspicio de Carlos V la dignidad episcopal de Palencia, que llevaba anexo el Condado de Pernia (1551). Luego fue promovido al rango de Obispo y Señor de Sigüenza, ya en tiempos de Felipe II (1562). 

Falleció el 13 de noviembre de 1567, a los 74 años de edad, siendo sepultado en la Iglesia de Santa María Magdalena de Valladolid en un sepulcro en alabastro obra del escultor romanista Esteban Jordán. 

Es necesario remarcar, como ejemplo de civismo, que a Pedro de la Gasca nunca lo tentó el poder ni la riqueza del Perú, y retornó a España sin más posesión que su vestimenta y su breviario. 

Enviado al Perú sin ninguna fuerza armada, solo con amplios poderes para perdonar y castigar a los rebeldes, retornó a España una vez cumplida brillantemente su misión, que consistió nada menos que la de retornar al seno de la Corona española al riquísimo Virreinato del Perú. 

Condujo a España un impresionante cargamento de metales preciosos, venciendo todo peligro que un viaje de ese tipo entrañaba. 

De otro lado los indios quedaron muy agradecidos por las disposiciones que había dado a favor de ellos, y sintieron mucho su partida. 

El Inca Garcilaso de la Vega, lo describe: “Pero lo que la naturaleza le negó de los dotes del cuerpo se los dobló en los del ánimo… pues redujo un Imperio, tan perdido como estaba el Perú, al servicio de su Rey”. (datos: Wikipedia)

martes, 21 de junio de 2016

Virreinato del Perú: Blasco Núñez de Vela - 1° Virrey del Perú

Virrey Blasco Nuñez de Vela

Blasco Núñez de Vela fue el primer virrey del Perú, ejerció el cargo desde 1544 hasta 1546. Fue designado por el rey Carlos I de España (Emperador Carlos V del Imperio Romano Germánico) como Virrey por sus características personales de honestidad y lealtad necesarias para combatir la corrupción y abusos contra los indígenas que cometían los españoles en el Virreynato del Perú, muriendo por la causa del rey en ese empeño. Un español digno de admiración. 

El deseo de mejorar el trato y calidad de vida de los indígenas sometidos en América, inspiró al rey Carlos I de España (emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico) a emitir ordenanzas y leyes nuevas el 20 de noviembre de 1542. 

De acuerdo a estos mandatos: 

 -Se prohibía la esclavitud y el trabajo pesado de los indios 

-Se ordenaba la supresión a corto plazo del régimen de las encomiendas 

-Se disponía despojar de sus repartimientos de indios a todos los oficiales públicos y congregaciones religiosas. 

-Se mandaba quitar sus encomiendas a los que habían intervenido en el bando pizarrista durante la guerra civil entre los conquistadores del Perú. 

Para poner en vigor tales leyes, necesarias para eliminar el espíritu de insubordinación que mostraban los conquistadores, y extirpar el germen del feudalismo que pretendían trasplantar a América, se juzgó conveniente enviar al Perú funcionarios altamente calificados, los que, con el título de virreyes, desplegando un gran boato y provistos de extensas facultades, fuesen verdaderos representantes del poder real y de la persona misma del soberano, acompañándolos de una Audiencia compuesta de cuatro Oidores con alta jurisdicción en lo civil como en lo criminal. 

No era fácil para el rey hallar quien quisiera aceptar un cargo de tanta responsabilidad como el de Virrey del Perú, habida cuenta que debía promulgar y hacer cumplir unas leyes que tanta impopularidad tenían entre los arrogantes conquistadores del Perú, convertidos en encomenderos. 

El emperador se fijó en Blasco Núñez de Vela, quien al principio quiso rechazar el honor, pero finalmente aceptó la voluntad real. Para entonces ya era un hombre maduro, aunque todavía gallardo y robusto. 

Blasco Núñez de Vela se caracterizaba por ser honrado, valiente, enérgico, leal y admirador del rey Carlos I de España, quien mucho le estimaba y apoyaba. 

En abril de 1543 se le otorgó el título de Virrey, Gobernador y Capitán General de los reinos del Perú, Tierra Firme y Chile, y presidente de la Real Audiencia, que con las atribuciones y preeminencias de la de Valladolid, debía establecerse en la Ciudad de los Reyes o Lima. Su salario anual quedó fijado en 18,000 ducados de oro. 

Núñez de Vela partió para su destino de Sanlúcar de Barrameda, con gran aparato y grandeza, el día 3 de noviembre de 1543, en una armada cuyo mando se le confió, acompañado de los oidores de la nueva Audiencia Diego Vásquez de Cépeda, Juan Álvarez, Pedro Ortiz de Zárate y Juan Lissón de Tejada, y otros varios ilustres caballeros. 

Las últimas instrucciones que recibió del Emperador fueron, "que procurase mostrarse severo castigador de pecados, para que nadie presumiese de no hacerlo, que los disimulaba y sufría". 

Llegó a Tumbes, donde desembarcó el 14 de marzo de 1544. Decidió continuar por tierra su viaje a Lima y llegó a San Miguel de Piura, donde quitó a varios encomenderos los indios que tenían, así como obligó a otros particulares que dejaran libres a sus indios esclavos y los regresaran a Nicaragua y Panamá (de donde provenían). 

A esas alturas el descontento era ya general entre los vecinos frente a la tenaz obsesión del virrey de hacer cumplir las ordenanzas. 

Continuando su camino llegó a Trujillo, en donde fue recibido solemnemente. Allí continuó su labor, arrebatando sus indios a los monasterios y a cuatro encomenderos (a estos por haber intervenido en el bando pizarrista durante la guerra de Las Salinas). De Trujillo se dirigió a Barranca, donde pudo leer en la pared de la estancia en que comía esta advertencia preñada de amenaza: “A quien viniere a echarme de mi casa y hacienda procuraré yo echarle del mundo”. El autor de aquello era un vecino de Lima, Antonio del Solar, hacia quien el virrey incubó un odio feroz, aunque por el momento lo guardó para sí. 

Hubo un debate en Lima sobre si debía admitirse la entrada del virrey a la capital, pero al fin de cuentas primó el argumento de que se trataba del representante del propio monarca, “rey y señor natural”. 

A tres leguas de Lima salieron a recibirlo varios caballeros y vecinos, y a una legua de la ciudad el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, entonces gobernador del Perú. También se hizo presente el Obispo Jerónimo de Loayza. 

Finalmente hizo su ingreso a Lima el 15 de mayo de 1544, siendo recibido con una pompa y un esplendor verdaderamente regios. 



Instalado en el Palacio de Pizarro, el Virrey continuó con su propósito de hacer cumplir las Leyes Nuevas, mandando pregonarlas al día siguiente. Los encomenderos afectados (los dueños de esclavos indios, los vencedores de las guerra civiles, los amancebados que habían contraído matrimonio para salvar sus encomiendas, entre otros) protestaron pero el Virrey se limitó a decir que él solo era ejecutor y no autor de las leyes, y que debían dirigir sus quejas al Rey, y que incluso él se prestaría a ayudarlos para hacer flexibilizar al monarca. 

Esto solo causó más cólera, con lo que creció más la impopularidad del virrey, lo que a la vez provocó en éste una gran desconfianza de cuantos le rodeaban. Mientras tanto, los encomenderos organizaban una rebelión, eligiendo como líder a Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco Pizarro), por entonces rico encomendero en Charcas (actual Bolivia). Este caudillo marchó al Cuzco, donde fue magníficamente recibido y proclamado Procurador General del Perú para protestar las Leyes Nuevas ante el Virrey y si fuese necesario, ante el propio Emperador Carlos V (abril de 1544). Luego se puso en marcha hacia Lima, negándose a reconocer la investidura de Núñez de Vela. 

Los oidores de la Audiencia, para ganar popularidad, se inclinaron a defender los derechos de los encomenderos y resolvieron deshacerse del virrey. Al efecto, formando tribunal en el atrio de la catedral el 18 de septiembre, la Audiencia pronunció la destitución del virrey y ordenó su prisión con asentimiento general del vecindario. El día 20 el virrey fue embarcado por el portezuelo de Maranga y conducido a la isla de San Lorenzo para ser entregado al oidor Juan Álvarez, bajo cuya custodia zarpó el 24 con rumbo a Panamá. 

El oidor Diego Vásquez de Cepeda, por ser el de más antigüedad, asumió la dirección política del Virreinato. 

Una vez que la nave que conducía al virrey se alejó, el oidor Álvarez se acercó a su custodiado para pedirle disculpas por el atentado cometido contra su dignidad, y que como leal servidor de Su Majestad, ponía su persona y el navío a su obediencia. El virrey, un tanto sorprendido, pero deseoso de aprovechar la situación, ordenó que la nave se dirigiera a Tumbes, donde desembarcó a mediados de octubre. 

Se dirigió a Quito, donde reunió tropas leales al Rey, formando un nuevo ejército para combatir la rebelión y restablecer su autoridad. 

Entretanto, Gonzalo Pizarro realizaba su pomposa entrada a Lima el 28 de octubre, al frente de mil doscientos excelentes soldados provistos de numerosa artillería y desplegando el pendón real de Castilla. Los oidores, entre jubilosos y temerosos, lo recibieron como Gobernador del Perú. 

La guerra estaba definida entre los leales a la Corona o “realistas”, con el Virrey Núñez de Vela a la cabeza, y los rebeldes o “gonzalistas”, con Gonzalo Pizarro al frente. 

El virrey ocupó San Miguel de Piura y continuó hacia el sur. Enterado Gonzalo Pizarro, salió de Lima con sus fuerzas y se dirigió al norte, llegando a Trujillo. El virrey retrocedió entonces, temiendo el poderío de su adversario y volvió a Quito a marchas forzadas, largo y fatigoso trayecto que realizó mientras era perseguido muy de cerca por Pizarro, apenas combatiendo muy poco. Luego se dirigió más al norte, hacia Popayán (actual Colombia). 

Mientras tanto, el capitán Diego Centeno se sublevó en Charcas, alzando la bandera del Rey.

Gonzalo Pizarro, desde Quito, ordenó a su lugarteniente Francisco de Carvajal emprender campaña en ese nuevo frente, mientras él quedaba a la espera del virrey. Mientras tanto el virrey siguió concentrado en Popayán, donde recibió refuerzos provenientes del Norte; uno de los capitanes que se le sumó fue Sebastián de Benalcázar, el gobernador de Popayán. A la vez que ganaba el apoyo de los curacas de la región, cuya labor fue valiosísima, pues desabastecieron a los gonzalistas, aumentándoles la impaciencia que padecían por la prolongada inactividad. 

Fue entonces que Pizarro planeó una inteligente estrategia para sacar al virrey de Popayán, posición que consideraba difícil de atacar: dejando en Quito una pequeña guarnición a las órdenes de Pedro de Puelles, aparentó marchar al Sur con todo su ejército, encargando a sus aliados indígenas propagar la versión de que marchaba en auxilio de Carvajal contra Centeno.

Cayó el virrey en el engaño y poco después sacó sus tropas de Popayán con intenciones de apoderarse de Quito. No contaba con que Gonzalo, en vez de pasar al Sur, se había estacionado a tres leguas de Quito, a orillas del río Guallabamba. Cuando los espías del virrey descubrieron el engaño era ya tarde para retroceder. Al ver que la posición de los rebeldes era demasiado ventajosa, Benalcázar aconsejó al virrey desviarse a Quito por un camino poco frecuentado, plan que fue aceptado. 

Triste fue el recibimiento otorgado al virrey en Quito, donde sólo habían mujeres quienes, conocedoras de la superioridad de los gonzalistas, le reprocharon el haber "ido allí a morir". Entre tanto, los gonzalistas habían tomado también el camino hacia Quito. El virrey, considerando poco propicio empeñar la defensa en la ciudad, arengó a sus tropas y les dio orden de salir a dar la batalla. 

Empezaba la tarde del 18 de enero de 1546. Esta larga campaña, con tan variadas y extrañas peripecias, terminó en el campo de Iñaquito, cerca de Quito, donde se dio una batalla entre las fuerzas que obedecían al Virrey y a Sebastián de Benalcázar, y las que comandaba Gonzalo Pizarro. 

Blasco Núñez de Vela combatió con valentía lanza en mano haciendo prodigios de valor y de fuerza no obstante sus muchos años, hasta que al fin, rota la lanza, cayó a un golpe de maza que le descargó Hernando de Torres, vecino de Arequipa. 

Benito Suárez de Carbajal, enemigo del virrey, lo halló moribundo tendido en el campo y auxiliado por el clérigo Francisco Herrera, y después de prodigarle los más groseros insultos, se dirigió a degollarle. Pero uno de los presentes, llamado Pedro de Puelles, le contuvo diciéndole que era mucha bajeza oficiar de verdugo en un hombre ya caído, por lo que Benito ordenó entonces a un negro esclavo suyo que hiciera el trabajo: el viejo Virrey recibió la muerte con dignidad y entereza. 

La cabeza cortada fue arrastrada por el suelo y se le puso en la picota; de sus blancas y luengas barbas hizo Juan de la Torre un penacho que colocó en su gorra y lució como trofeo. Gonzalo Pizarro ordenó traer a Quito el cuerpo del virrey y retirar de la picota su cabeza, demostrando que dicha infamia había sido hecha sin su consentimiento; luego lo hizo enterrar honoríficamente en la iglesia mayor de la ciudad. El caudillo rebelde asistió personalmente al entierro y mandó decir misas por su alma, ordenando que todos llevasen luto por su muerte.

Dice el cronista Gutiérrez de Santa Clara, que un honrado vecino de Quito, llamado Gonzalo de Pereyra, de acuerdo con el sacristán de la iglesia, hizo poner sobre su sepulcro, a manera de epitafio la copla siguiente: 

Aquí yace sepultado el ínclito Virrey
que murió descabezado como bueno y esforzado por la justicia del rey; 
su fama volará aunque murió su persona, y su virtud sonará, 
por esto se le dará de lealtad la corona. 

Posteriormente sus restos fueron trasladados a la iglesia parroquial de Santo Domingo, en la ciudad de Ávila, España, su tierra natal. 

El emperador Carlos I no fue ingrato a la memoria de su desgraciado pero fiel servidor: a sus hijos don Antonio y don Juan les otorgó, el hábito de Santiago a uno, y el de Alcántara a otro; a ambos nombró primero Meninos de la Emperatriz y luego sus propios Gentiles-hombres; el mayor fue proveído para embajador en Francia, el segundo de Capitán general de artillería de España y Consejero de guerra, y el tercero, don Cristóbal, que siguió la carrera eclesiástica, como Arzobispo de Burgos. (datos: wikipedia)

Nota:

Encomendero: Se llamaba encomendero al que por Merced Real se le concedía enormes cantidades de tierras y se le asignaba como esclavos a un número grande de indígenas a su total servicio.

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